No es la economía… ¡es la liquidez!

A  los estudiantes que se encuentran en los primeros cursos de economía, uno de los primeros objetivos que más se recalcan es la “maximización de los beneficios”. Y a continuación giran en torno a él numerosos conceptos y apartados que se estudian, sobre todo en microeconomía, basándose siempre en esa premisa (oligopolio, monopolio, demanda, excedente del consumidor, etc…).

“La maximización del beneficio es uno de los pilares de la teoría económica explicando cómo las empresas persiguen alcanzar un alto nivel de beneficio para maximizar a su vez su riqueza y beneficios” (Economipedia)

Por otra parte, como ya sabemos, la economía y la política están íntimamente relacionadas, dando lugar incluso a la llamada “economía política”, que trata de entender cómo las instituciones y los entornos políticos influyen sobre la conducta de los mercados. El mejor ejemplo de la importancia que tiene la economía en la política lo encontramos en la famosa frase “¡es la economía, estúpido!” que utilizó James Carbille, asesor de Bill Clinton en la campaña de 1992, reprochando a Bush padre su prioridad por la política exterior relegando la economía a un segundo plano.

Es evidente que a los políticos les interesa que la economía funcione bien, ya que de ello depende en buena parte el bienestar de los ciudadanos. Y por tanto tienen que tomar decisiones que ayuden sobre todo a las empresas, facilitando la inversión y la innovación. Una compañía que no genere beneficios, a largo plazo no puede subsistir. No obstante, un error muy común es asimilar beneficios con liquidez, y creer que, teniendo resultados positivos, cualquier empresa puede hacer frente a sus compromisos de pago en el corto plazo. De hecho, una empresa con grandes beneficios puede presentar problemas de liquidez.

Debemos tener en cuenta que en economía existen dos corrientes muy diferenciadas: la corriente real y la corriente financiera. Debido al principio de devengo, los ingresos y gastos se imputan en función de la corriente real, independientemente de la corriente monetaria o financiera que produzcan. La diferencia entre ingresos y gastos la encontramos representada en la cuenta de resultados y la diferencia entre los cobros y pagos (corriente financiera) revierte en las cuentas de tesorería, y por tanto, figura en el balance. Por tanto, en el informe de pérdidas y ganancias obtenemos el beneficio o pérdida de la empresa, y observando dos balances consecutivos podemos ver la evolución de la tesorería, concepto que se denomina también cash-flow, o flujo de caja.

Todos somos conscientes de que la crisis de los últimos años tiene su base en una falta de liquidez, de ahí su denominación de “financiera”. Al final, la tesorería es el flujo de combustible que da impulso y energía al motor de la empresa. Si no podemos hacer frente a las operaciones a corto plazo, difícilmente podremos sobrevivir, si no podemos pagar nuestras obligaciones a medida que llega su vencimiento, nuestro motor se gripará (verbo que proviene del francés “gripper”, bloqueo). Y entraremos en una situación complicada que exigirá tomar medidas drásticas y poco deseadas. Igual que en un coche podemos evitar esos problemas con medidas preventivas, una planificación de tesorería es vital para no llegar a tener problemas de liquidez.

Estas situaciones las podemos extrapolar a nuestra vida cotidiana: los clubes de fútbol que más y mejor pueden fichar hoy en día son los que tienen mayor liquidez, los fondos de inversión que mejor se pueden aprovechar de oportunidades en la compra de activos son los que disponen de mayor liquidez, las familias que mejor pueden “capear” los efectos de una crisis son las que tienen un mayor “colchón” de liquidez. Por eso, no está de más usar la frase de James Carbille para afirmar que:  No es la economía ni los beneficios lo que te va ayudar a seguir avanzando….¡es la liquidez!

 

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